
Kit de Ahumador de Whisky con Antorcha
Ahumar un cóctel en casa parece cosa de coctelería de diseño, pero el kit lo reduce a encender la antorcha, prender la viruta y tapar el vaso un momento.

Ahumar un cóctel en casa parece cosa de coctelería de diseño, pero el kit lo reduce a encender la antorcha, prender la viruta y tapar el vaso un momento.

Seis funciones en un único objeto: carga el móvil, el reloj, los auriculares, y de paso hace de altavoz. Sustituye a media mesita llena de cargadores sueltos.

La mecánica es sencilla: se reparten cartas por turnos y cada una plantea un reto, con la intensidad marcada de antemano para que cada pareja elija hasta dónde quiere llegar.

Ciento cuarenta y seis páginas en blanco, con tapa dura de estilo retro, pensadas para ir llenándose con fotos impresas, entradas de cine, billetes de tren y notas escritas a mano.

Por fuera es una esfera transparente; por dentro, decenas de corazones pequeños envolviendo dos fotos elegidas al pedirla. Al moverla, los corazones se desplazan y dejan ver la imagen entre ellos.

El chiste es un juego de palabras con «me ha pasado» y un mapache, y funciona porque no intenta ser más listo de lo que es. Se entiende en el primer sorbo y no cansa al décimo.
Mugffins

No hay objeto que desenvolver más allá de la propia caja: lo que se regala es la posibilidad de elegir un destino entre varios y reservar dos noches por cuenta propia, cuando mejor convenga.

Frente al set dedicado a la NES de sobremesa, este va por la consola portátil: la Gameboy gris que se llevaba en la mochila, con la pantalla verdosa y los cuatro botones tan reconocibles.

El colgante es grande, un remolino en espiral que remite directamente a la simbología celta, y va sobre cuero en vez de cadena metálica.

No lleva ningún número ni ninguna fecha, y por eso sirve para más cosas que las figuras de aniversario al uso: un compromiso, una pedida, un primer año juntos o el aniversario que sea.
NANAOUS

Esclava de acero inoxidable con placa ancha para grabar, de 19,5 cm de largo. La fabrica y la envía un taller español que personaliza cada pieza por encargo.

Cobre sin mezclar con nada, del que se oscurece con los meses y coge una pátina que no tienen dos pulseras iguales.

Está pensado para un cumpleaños redondo, de esos que piden un regalo que se note sin ser ostentoso, pero funciona en cualquier año que toque celebrar.

Un altavoz normal se pone en un rincón de la mesa; este además sostiene el móvil en vertical, así que la pantalla queda a la vista mientras suena la música o entra una videollamada.

Se atornilla a la pared y queda fijo: se acaba el abridor suelto que nunca aparece. El imán interior recoge la chapa al caer, así que no rueda por el suelo de la cocina.

Ocho posavasos, cada uno con la portada de un juego distinto de la NES original, del tipo que se reconocen al instante aunque hayan pasado treinta años desde la última partida.

El chiste está en la estampa, no en el corte: da la impresión visual de que quien lo lleva está en bañador, y se cuenta sola en cuanto alguien lo ve puesto en la cocina.

El chiste visual dura un segundo y la taza dura años, y por eso este funciona mejor que la mayoría de los regalos con gracia.
Cefrank

Collar de hombre con una placa rectangular de 40 x 10 mm que se graba con el texto que quieras, sobre cadena de 60 cm con cierre de mosquetón.

Sofia Ferrer no vende solo la cadena: la acompaña de una tarjeta impresa con una dedicatoria ya escrita, del estilo «a mi vikingo, eres fuerte como Thor».
Sofia Ferrer

Cien casillas tapadas, cada una con un plan distinto debajo, para rascar una cuando llega el típico «¿qué hacemos hoy?» y ninguno de los dos tiene una idea clara.

Once marcos diminutos dentro de una caja que imita una galería de museo, cada uno con su propio punto de luz LED, como si cada foto fuera una obra expuesta.

Sesenta centímetros de cadena de eslabones, acabado dorado, con una cruz pequeña que cuelga sin llamar demasiado la atención.

Cada pulsera lleva un imán escondido en la trenza, y al acercarlas se atraen y quedan enganchadas la una a la otra. Es el truco que las hace más que un par de pulseras a juego.

Sin dije, sin cruz, sin nada colgando. Solo la cadena, gruesa y maciza, que es justo lo que busca quien ya tiene collares con colgante y le falta uno que se lleve solo.

Hermana de la tobillera de la misma casa, pero para la muñeca. Mismo trenzado, mismo cierre corredizo, mismo espíritu de irse a la playa y no volver a quitársela hasta septiembre.

El símbolo del infinito de base, y sobre él dos capas de personalización a la vez: las iniciales de cada persona y la piedra que corresponde a su mes de nacimiento.

Cadena de hombre de 60 cm y 2 mm de grosor en acero inoxidable con acabado en tono oro, con cierre de mosquetón. Por debajo de diez euros.

La caja de madera grabada le da todo el peso al regalo: sin ella sería un par de copas cualquiera; con los nombres tallados en la tapa, es cosa de dos.

Vienen dos pulseras, no una: el nudo entrelazado es el mismo diseño en cada una, pero una en tono plata y otra en oro, para que cada persona lleve la suya y no un par idéntico forzado.