
Neutrogena Hydro Boost, Gel de Agua y Contorno de Ojos
Neutrogena no necesita presentación, y eso es justo lo que hace que este set funcione como regalo sin arriesgar: no hay sorpresa desagradable con una marca nueva que la piel no conoce.

Neutrogena no necesita presentación, y eso es justo lo que hace que este set funcione como regalo sin arriesgar: no hay sorpresa desagradable con una marca nueva que la piel no conoce.

Ahumar un cóctel en casa parece cosa de coctelería de diseño, pero el kit lo reduce a encender la antorcha, prender la viruta y tapar el vaso un momento.

Seis funciones en un único objeto: carga el móvil, el reloj, los auriculares, y de paso hace de altavoz. Sustituye a media mesita llena de cargadores sueltos.

No hay objeto que desenvolver más allá de la propia caja: lo que se regala es la posibilidad de elegir un destino entre varios y reservar dos noches por cuenta propia, cuando mejor convenga.

El humor sobre la propia calvicie funciona mejor viniendo de un regalo que de un comentario en persona: aquí es la taza la que se ríe, no quien la entrega.

Frente al set dedicado a la NES de sobremesa, este va por la consola portátil: la Gameboy gris que se llevaba en la mochila, con la pantalla verdosa y los cuatro botones tan reconocibles.

Esclava de acero inoxidable con placa ancha para grabar, de 19,5 cm de largo. La fabrica y la envía un taller español que personaliza cada pieza por encargo.

El colgante es grande, un remolino en espiral que remite directamente a la simbología celta, y va sobre cuero en vez de cadena metálica.

Cobre sin mezclar con nada, del que se oscurece con los meses y coge una pátina que no tienen dos pulseras iguales.

Ocho posavasos, cada uno con la portada de un juego distinto de la NES original, del tipo que se reconocen al instante aunque hayan pasado treinta años desde la última partida.

Collar de hombre con una placa rectangular de 40 x 10 mm que se graba con el texto que quieras, sobre cadena de 60 cm con cierre de mosquetón.

Se atornilla a la pared y queda fijo: se acaba el abridor suelto que nunca aparece. El imán interior recoge la chapa al caer, así que no rueda por el suelo de la cocina.

Está pensado para un cumpleaños redondo, de esos que piden un regalo que se note sin ser ostentoso, pero funciona en cualquier año que toque celebrar.

Un altavoz normal se pone en un rincón de la mesa; este además sostiene el móvil en vertical, así que la pantalla queda a la vista mientras suena la música o entra una videollamada.

Sofia Ferrer no vende solo la cadena: la acompaña de una tarjeta impresa con una dedicatoria ya escrita, del estilo «a mi vikingo, eres fuerte como Thor».
Sofia Ferrer

El chiste está en la estampa, no en el corte: da la impresión visual de que quien lo lleva está en bañador, y se cuenta sola en cuanto alguien lo ve puesto en la cocina.

Los seis colores trenzados sin más adorno, en un formato que se lleva todo el año y no solo en junio.

La cadena aquí no es la de eslabones sencillos de siempre: va trenzada, con más cuerpo, y sobre ella cuelga la medalla de la patrona del mar.

Once marcos diminutos dentro de una caja que imita una galería de museo, cada uno con su propio punto de luz LED, como si cada foto fuera una obra expuesta.

La misma cruz de San Benito, pero reducida a 20 milímetros y en plata, para quien quiere el símbolo sin que ocupe todo el pecho.

Ocho piedras distintas, empezando por la turmalina negra, montadas en elástico sin cierre que se ajusta solo a la muñeca.

En Asturias esta higa se le cuelga a los bebés desde hace generaciones, y da igual que se crea en ella o no: forma parte del ajuar tradicional igual que un mantón.

San Judas Tadeo es el santo al que se le pide cuando ya no se sabe a quién más pedirle. La pulsera es el objeto que se lleva puesto mientras se espera esa causa difícil.

Un masaje shiatsu con calor que llega a cuello, hombros y espalda cuando nadie tiene tiempo de dar uno de verdad.

La cruz de San Benito lleva letras diminutas alrededor que casi nadie sabe leer pero reconoce de verla en casa de los abuelos.

El pentagrama rodeado de letras hebreas es uno de los sellos de protección más antiguos que se siguen fabricando tal cual se dibujaban hace siglos.

Sesenta centímetros de cadena de eslabones, acabado dorado, con una cruz pequeña que cuelga sin llamar demasiado la atención.

Un ancla como colgante central y la bandera de España en los detalles del cierre, en acero inoxidable con acabado mate.

Cadena de hombre de 60 cm y 2 mm de grosor en acero inoxidable con acabado en tono oro, con cierre de mosquetón. Por debajo de diez euros.

Sin dije, sin cruz, sin nada colgando. Solo la cadena, gruesa y maciza, que es justo lo que busca quien ya tiene collares con colgante y le falta uno que se lleve solo.

La caja de madera grabada le da todo el peso al regalo: sin ella sería un par de copas cualquiera; con los nombres tallados en la tapa, es cosa de dos.

Hermana de la tobillera de la misma casa, pero para la muñeca. Mismo trenzado, mismo cierre corredizo, mismo espíritu de irse a la playa y no volver a quitársela hasta septiembre.